domingo, agosto 06, 2006

Lastarria

Los viejos adoquines fueron testigo.
Las hojas del invierno que irrespetuosamente se avecinaba, recogieron con esmero las lágrimas que abandonaban mis ojos para dar testimonio de la sangrante herida que sus palabras habían dejado.
Los muros de las casonas de antaño,
cobijaron mi paso raudo hacia la salida de aquel laberinto
que me atrapaba y del que no sabía como salir.
Nada tenía sentido.
Todo importaba.
El corazón latía.
El alma gemía.
El frío arreciaba
La soledad me esperaba.

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